martes, 1 de julio de 2008

Bailando sobre el pentagrama

Autor: Carlos Medrano
Buenos Aires Tango #192 (Junio-Julio 2008)

Somos muchos los que bailamos tango. Pero un baile bien interpretado es otra cosa. Pertenece a otra escala. A una escala superior.

Si una persona ha registrado y ha quedado extasiada ante una excelente interpretación, su interioridad exclamará a los cuatro vientos: ¡¡¡Qué bien que hemos bailado!!!

A veces desde el borde de la pista, percibimos una sentida interpretación, conectada con lo que expresa e insinúa la orquesta e intentamos imaginarnos lo que deben estar sintiendo esos dos bailarines por dentro.

Para semejante logro, deberíamos renunciar a bailar temas y tandas reiterada, monótona y sosamente con pasos fotocopiados y a un idéntico ritmo.
Consecuentemente, ya no bailaríamos a D´Arienzo como si fuese Caló. A Caló como si fuese Malerba. A Malerba como si fuese Pugliese. A Pugliese como si fuese Di Sarli y a éste como si fuese D´Arienzo.

Interpretando, nuestro baile se amalgamaría con autores, orquestas, instrumentistas, voces y esencialmente con cada arreglo orquestal. Arreglos únicos, creativos, melódicos, armónicos, rítmicos que buscan apelar, derecho viejo, a nuestra significación. Tal el caso del bandoneonista, autor y arreglador Julián Plaza, quien recreó magníficamente el tango La Mariposa (música original de Pedro Maffia) para la orquesta de Osvaldo Pugliese.

Así nuestro baile captaría la sutileza sugerente de un solo de violín. Un solo de violín que nos generaría emociones absolutamente diferentes a las de un solo de bandoneón. O el significado de tres violines. O tres bandoneones. O un piano. O un contrabajo. O un fraseo. O una frase. O una voz. O nuevamente aquel primer violín.

Lancémonos de lleno hacia las profundidades espíritu-musicales, a la búsqueda de la esencia misma de cada uno de los temas.

Temas que hoy nos inducirán de un modo, mañana quizás de otro. Dependerá de nuestra sensibilidad, de nuestro estado de ánimo y el de nuestra pareja de baile.

Reconozcámonos como el componente bailable de un plan maestro. Percibámonos como un instrumento, un instrumento de carne y hueso.

Transmitamos con el sentir de nuestro baile que estamos diluidos al ciento por ciento. Por las dudas, recordando que estamos bailando en una milonga.

Adentrémonos en la orquesta y su pentagrama, esa enorme fuente de estímulos, mediante claves y signos coreográficos, inspirados, personales, espontáneos, creativos.

¡Qué esperamos! Sintámonos como notas que van pisando no solamente la pista, sino como notas que van pisando sutilmente sobre el mismísimo pentagrama. Ningún director de orquesta se ofendería. Muy por el contrario, se sentiría orgulloso de su trabajo y de las movilizaciones que éste va generando.

Algún día (o alguna noche) cada instrumento orquestal interpretará nuestros designios, bajo la batuta de nuestros cuerpos y almas que irán marcando el compás. Fruto del realismo mágico, estaríamos “dirigiendo” la misma orquesta que estamos interpretando en ese precioso momento.

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