Autor: Carlos Medrano
Buenos Aires Tango. Nº 170 de Diciembre 2005.
Accedemos a algún salón de baile por un larguísimo pasillo. O por una escalera. Pasillos o escaleras que son como cámaras de descompresión. De repente, alguien abre una puerta o descorre una cortina y nos llega toda la música. ¡Ya están bailando! Cierta extrañeza nos invade. Quizás por estar llegando desde el mundo cotidiano, el mundo de la compresión. Trasponemos la puerta. ¡Listo! Acabamos de ingresar al Paraíso. ¡Increíble, el Paraíso a nuestra disposición! Lo sentimos en todo el cuerpo. Es como si alguien, mágicamente, nos hubiese entregado las llaves de una ciudad entrañable. Es un momento de absoluta felicidad. Convenimos.
*
Una vez en el salón, nos dirigimos resueltamente a nuestro lugar. ¿Un destino? ¿Una costumbre? ¿Una cábala?. Indispensable mirada abarcadora. Hola a nuestros vecinos de causa. Saludamos con la mano a los más alejados, pertenecientes a las otras tribunas. Aunque bien sabemos que somos fanáticos del mismo sentir. Buena parte de nuestras preferencias están presentes. Nos ponemos contentos. Habrá buena cosecha de emociones y de ilusiones. Nuestros corazones laten más fuerte. Nuestras piernas comienzan a brincar por su propia cuenta. Acordamos unos valses por allá. Unos tangos por acá. ¡Música maestro! Cabeceo. A la pista. Cuerpos y almas en alza. Revivimos.
*
El cabeceo es una cuestión codificada, misteriosa e insondable para los unos o los otros. Una mujer se para. Da sus primeros pasos. Espera. Simétricamente desde aquel sector ya se ha parado un hombre. También avanza. En terreno neutral se encuentran. Se saludan. Se abrazan. Comienzan a bailar. Allí se para otra mujer. De aquí otro. Más allá otra. Y otro. Y tantos otros. La pista desborda de complicidades. Algunos extranjeros y algunas visitas que no son del palo, se preguntan. ¿Cómo es eso? ¿Cómo hacen? ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo sin que nos demos cuenta? En cambio, algunos anoticiados se devanan los sesos para anticipar esos florecimientos repentinos. Magia de los deseos y las miradas. Sugerimos.
*
En la milonga florece con fuerza la biodiversidad. Nórdica de pelo azul profundo escultural, Tiradores coloridos y estrambóticos, Crecimientos en altura gracias a esos enormísimos tacos, Trajes y corbatas al tono que no transpiran, Sobriedades que impactan, Camisas de repuesto, Vestidos de fiesta, Tajos que meten miedo e ilusiones, Transparencias, Atuendos negros estilo profesor de tango, Recamados dorados o plateados, Zapatos bicolor, Vestidos apretados de baile suelto, Peinadas tipo Valentino, Escotes admirables, Sacos cruzados para ser abrochados solícitamente, Pañuelos estilo apache, Remeras negras, Otras simbólicas, Traje, corbata, zapatos de un blanco celestial. Producciones simples o complejas. Así es nuestra biodiversidad. Benigna y nutritiva. Generadora de grandes impactos ambientales. Libres del peligro de extinción. Crecemos.
*
Son las ocho. Las diez. Las doce de la noche. Las tres o las cinco de la madrugada. Va finalizando la milonga. Momento sublime para muchos. Por disponer ahora sí, de todo el espacio. Por llevar en los oídos toda la música del pueblo. Por lograr un acuerdo que se veía venir. Por llevar tatuados en el cuerpo, varios abrazos comunicantes. Renovados pasaremos por el corredor o bajaremos por la escalera. Ya no somos quienes éramos. Llevamos impresas claras señales de vida en nuestras expresiones. A lo cotidiano lo interpretaremos desde una nueva perspectiva. Comenzará entonces otra cuenta regresiva. En mucho se parece al Mito del Eterno Retorno. Hasta pronto. Volveremos.
Buenos Aires Tango. Nº 170 de Diciembre 2005.
Accedemos a algún salón de baile por un larguísimo pasillo. O por una escalera. Pasillos o escaleras que son como cámaras de descompresión. De repente, alguien abre una puerta o descorre una cortina y nos llega toda la música. ¡Ya están bailando! Cierta extrañeza nos invade. Quizás por estar llegando desde el mundo cotidiano, el mundo de la compresión. Trasponemos la puerta. ¡Listo! Acabamos de ingresar al Paraíso. ¡Increíble, el Paraíso a nuestra disposición! Lo sentimos en todo el cuerpo. Es como si alguien, mágicamente, nos hubiese entregado las llaves de una ciudad entrañable. Es un momento de absoluta felicidad. Convenimos.
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Una vez en el salón, nos dirigimos resueltamente a nuestro lugar. ¿Un destino? ¿Una costumbre? ¿Una cábala?. Indispensable mirada abarcadora. Hola a nuestros vecinos de causa. Saludamos con la mano a los más alejados, pertenecientes a las otras tribunas. Aunque bien sabemos que somos fanáticos del mismo sentir. Buena parte de nuestras preferencias están presentes. Nos ponemos contentos. Habrá buena cosecha de emociones y de ilusiones. Nuestros corazones laten más fuerte. Nuestras piernas comienzan a brincar por su propia cuenta. Acordamos unos valses por allá. Unos tangos por acá. ¡Música maestro! Cabeceo. A la pista. Cuerpos y almas en alza. Revivimos.
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El cabeceo es una cuestión codificada, misteriosa e insondable para los unos o los otros. Una mujer se para. Da sus primeros pasos. Espera. Simétricamente desde aquel sector ya se ha parado un hombre. También avanza. En terreno neutral se encuentran. Se saludan. Se abrazan. Comienzan a bailar. Allí se para otra mujer. De aquí otro. Más allá otra. Y otro. Y tantos otros. La pista desborda de complicidades. Algunos extranjeros y algunas visitas que no son del palo, se preguntan. ¿Cómo es eso? ¿Cómo hacen? ¿Cómo pueden ponerse de acuerdo sin que nos demos cuenta? En cambio, algunos anoticiados se devanan los sesos para anticipar esos florecimientos repentinos. Magia de los deseos y las miradas. Sugerimos.
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En la milonga florece con fuerza la biodiversidad. Nórdica de pelo azul profundo escultural, Tiradores coloridos y estrambóticos, Crecimientos en altura gracias a esos enormísimos tacos, Trajes y corbatas al tono que no transpiran, Sobriedades que impactan, Camisas de repuesto, Vestidos de fiesta, Tajos que meten miedo e ilusiones, Transparencias, Atuendos negros estilo profesor de tango, Recamados dorados o plateados, Zapatos bicolor, Vestidos apretados de baile suelto, Peinadas tipo Valentino, Escotes admirables, Sacos cruzados para ser abrochados solícitamente, Pañuelos estilo apache, Remeras negras, Otras simbólicas, Traje, corbata, zapatos de un blanco celestial. Producciones simples o complejas. Así es nuestra biodiversidad. Benigna y nutritiva. Generadora de grandes impactos ambientales. Libres del peligro de extinción. Crecemos.
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Son las ocho. Las diez. Las doce de la noche. Las tres o las cinco de la madrugada. Va finalizando la milonga. Momento sublime para muchos. Por disponer ahora sí, de todo el espacio. Por llevar en los oídos toda la música del pueblo. Por lograr un acuerdo que se veía venir. Por llevar tatuados en el cuerpo, varios abrazos comunicantes. Renovados pasaremos por el corredor o bajaremos por la escalera. Ya no somos quienes éramos. Llevamos impresas claras señales de vida en nuestras expresiones. A lo cotidiano lo interpretaremos desde una nueva perspectiva. Comenzará entonces otra cuenta regresiva. En mucho se parece al Mito del Eterno Retorno. Hasta pronto. Volveremos.

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